Música en la carcel: lanzan CD desde la prisión La Modelo

Es una hora curiosa para un concierto, las 10 de la mañana. La fila es más larga de lo imaginado, el público es joven, inquieto, ansioso por entrar. Pero las puertas no abren todavía. Hay que dejar celulares, llaves y dinero en bolsas de papel kraft y dárselas a uno de los organizadores. Un sello que sólo se ve con luz ultravioleta, otro más, un sello verde: “Anulado”. “Sigan, por favor”, invita un hombre de uniforme azul. Las reglas están claras: nada de cámaras si no eres de prensa. Nada de nervios, tampoco, que vamos, despacio, entrando a la Cárcel Nacional Modelo de Bogotá.

El corredor es blanco, el piso gris, la luz entra grande por los ventanales. Una fila, otra, una meticulosa requisa para los hombres. Las huellas deben quedar bien registradas: no vaya a ser que se intercambien internos y visitantes y salgan unos por otros. El corredor sigue, las rejas del fondo están pintadas de blanco, hay una matera con flores rosadas, a la derecha un par de puertas cuyos letreros rezan “Compañía Bolívar” e “Investigaciones internas”.

Las mujeres pasan primero por un corredor que da hacia un patio; al fondo, entre rejas, uno que otro muro azul. Los hombres las siguen con ojos ávidos hasta que las pierden de vista. Una capilla, y el destino final: “el galpón de educativas norte”, un espacio amplio de techos altísimos y rejas, de nuevo, al fondo y arriba; abren sobre un cielo índigo, sin nubes. En una de las paredes hay una tabla periódica en una cartulina; otra habla de la rabia e invita a dejarla ir. El fondo del salón está cubierto por murales coloridos pintados con esmero. Todos son del mismo autor: Julio F, uno de los internos.

 

 

Unas doscientas personas esperan sentadas en filas de sillas Rimax blancas perfectamente alineadas y orientadas hacia la tarima, sus cabezas casi rapadas son el uniforme de rigor en el recinto. Los visitantes toman asiento entre ellos, la sala se llena del todo. Suena el himno nacional que nadie canta pero muchos tararean, algunos con la mano en el pecho.

Es el lanzamiento del disco Modelo Estéreo Volumen I, la primera entrega de la banda sonora del largometraje documental Modelo Estéreo: entre patio y patio. El álbum, compuesto por quince pistas y discursos, fue realizado en su totalidad dentro del establecimiento. Es un proyecto pensado y producido por Mario Grande, un colectivo de seis jóvenes que llevan más de dos años trabajando con los músicos y actores que rondan entre la capilla y el jardín de la cárcel. Es su manera de contribuir a contar sus historias y trabajar sobre la memoria. Su discurso de apertura, ante los ojos atentos de casi 300 personas en el salón de la Modelo, da fe de su ímpetu y del trabajo duro y la relación particular que han tejido con el lugar, con estos hombres privados de libertad que son mucho más que eso.

“Los que están aquí hoy tienen una orden de trabajo”, explica uno de los “dragoniantes”, o guardias. “Venga, muéstrenos su orden”, le dice a un hombre que va pasando. El joven se saca un papel arrugado y roto del bolsillo: “Está trajinadito”, dice con una sonrisa. “Es una autorización que da la cárcel para que puedan tener reducción de penas. Eso depende de su situación jurídica; a veces, también, de si pusieron un derecho de petición. Por hacinamiento no pueden venir todos, hay que hacer una selección”, cuenta el guardia. Los asistentes vienen de distintos patios, donde están agrupados en función de su pasado: “Algunos están acá por delitos sexuales, otros por paramilitarismo o delincuencia común”, explica. Pasar entre tantos ojos es extraño, como mujer, pero la idea también es esa, abstraerse de juicios y estar atento a la música.

La invitación es a “prestarles atención a sus letras, a atender sus mensajes —escondidos entre ritmos de acordeón, charango y guitarras—, concebidos en un lugar destinado a la privación y el silencio”. Y qué sabor. Arranca el grupo de teatro de la cárcel, Abra Kadabra: “Bienvenidos a la casa de Drácula”. La voz de Ómar retumba en el salón. El hombre corpulento, de voz y rasgos fuertes, viste de blanco y carga un pañuelo de plumas rojas. Desde el principio el juego con códigos LGBT está muy presente; las risas, más cómplices que otra cosa, acompañan a los actores. El público ríe, de felicidad, de tristeza, de frustración.

La música va de la norteña, con Los Bandidos (“desde siempre he vivido en la cárcel, a mí me llaman bandido, así me siento yo”, canta X con un carisma fuera de serie), a las letras sentidas de MC K-OS, MC Villegas y Nigga MC, hasta los acordeones desatados de Libertad Vallenata, que hicieron parar al auditorio. El concierto culmina con veinte hombres en una tarima, bailando desenfrenados: “Arriba y abajo, agáchense, agáchense, tan, tan, tan”. Qué ligereza. Pésima acústica la de la cárcel; grandes intenciones.

La energía contagió al auditorio y entre rap, carrilera y vallenato, se deslizaron críticas demoledoras al sistema penitenciario y judicial por los resquicios de la presentación. Su desidia, su inercia, la injusticia de años tras las rejas; algunos no saben por qué están ahí, a otros les llega la libertad por sorpresa, después de siete años sin ninguna pista, ninguna explicación. Lo sórdido se habla mejor a través de la ficción, dicen los miembros de Mario Grande.

Se empeñaron en conseguir permisos para trabajar dentro de la cárcel; consiguieron los equipos y apoyaron el proceso de reestructuración del estudio de grabación. Se la jugaron a observar en detalle ese mundo ajeno, cerrado y violento que es la cárcel en nuestro imaginario, y a encontrar a las personas detrás de los muros. Modelo Estéreo es un proyecto profundamente humano, en el cual las fronteras maniqueas entre lo bueno y lo malo se deshacen al son de la música, hecha por hombres cualesquiera.

Ese viernes soleado, durante un par de horas, visitantes e internos gozaron del mismo espectáculo, y difícilmente podría pensar en algo que iguale más que sentir juntos una misma canción, reír al mismo ritmo, a la cadencia del mismo chiste oscuro. Al leer el discurso de apertura, la emoción de culminar un proyecto, pero también de empezar nuevas etapas, hizo que a los integrantes de Mario Grande les temblaran las manos, pero no la voz.

“Quisimos hacer un documental buscando escuchar una y otra vez a personas que no volvimos a ver: que desaparecieron, que fueron trasladadas, con las que no podemos contactarnos. Fijándonos en cada expresión que quedaba registrada y nunca pudimos procesar estando en ese preciso momento de grabación. Esa razón de recordar: la de no olvidar para ver de nuevo y de nuevo”.

El personaje de K, cuya historia le contaron al público al subirse a la tarima, “es el ejemplo de muchas de las historias que se encuentran cautivas en la cárcel”; “K. puede ser su historia personal, usted podría ser K. Pero hoy, usted, el ‘espectador’ que espera con ansias ver a los músicos presentarse, (…) mire a su alrededor y reconózcase. ¿Cómo negarlo? Quizá pueda voltear la mirada, hacerse el loco, pasarse por inocente, culpable, asesino, ladrón, pluma, encausado, liebre… hoy queremos dejar a un lado los prejuicios y sorprendernos por la creatividad humana imposible de detener con cuatro paredes”.

Y así fue. Un gran ejemplo de curiosidad y temple, en tiempos en los que hablar de reconciliación y memoria está a la orden del día; en tiempos en los que si algo es clave es que la historia no se desangre en el olvido.

El Espectador

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