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“Beau tiene miedo”: Una odisea caótica y desconcertante

La travesía de un hombre fracasado para regresar a casa se convierte en una extensa pesadilla surrealista en la nueva película de Ari Aster. Esta es nuestra reseña de "Beau tiene miedo".

Fotograma de la película 'Beau tiene miedo'

Foto: Diamond Films

LatinAmerican Post | Juan Andrés Rodríguez

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Después de un asombroso debut con "Hereditario" (2018), seguido por un trabajo igual de aterrador con "Midsommar" (2019), Ari Aster rápidamente se ha estableció como uno de los directores de terror contemporáneos más importantes. Esto le dio el privilegio de que su tercera película sea un trabajo de autor en el que puede explorar y jugar para subvertir las expectativas sobre su obra.

En "Beau tiene miedo", Aster configura un relato épico surrealista, tan hipnótico como desconcertante. Joaquin Phoenix interpreta a Beau Wasserman, un hombre infantil y paranoico, que tiene una compleja relación con su exitosa madre. Después de perder el vuelo para su reunión anual, una circunstancia extraordinaria obliga a Beau a emprender una travesía para regresar a casa. Encontrará, pues, personajes peculiares en situaciones extraordinarias, que diluyen los límites entre la realidad y una horrible fantasía.

No se puede entrar en detalles de la trama, no solo para evitar spoilers, sino porque es muy difícil explicar el rumbo que toma la película sin que parezca que pierde sentido. El director elabora en detalle cada circunstancia a lo largo de tres horas con secuencias que destacan por la variedad de recursos en la técnica y las excelentes actuaciones, pero que al final pierden peso en la apuesta por una narrativa deliberadamente confusa.

Un alucinante viaje

El concepto de la epopeya en la cinta es muy bien aprovechado para la elaboración de los momentos cinematográficos, influenciados por un estilo surrealista. Visualmente, es interesante cómo el tránsito está marcado por el contraste de escenarios completamente distintos. Empezando por el caos de una ciudad decadente, cuyos habitantes limitan en lo monstruoso, lo que incrementa la angustia del protagonista. Esta sensación se transmite con efectividad gracias a largos planos secuencia al ritmo de la escalofriante banda sonora de Bobby Krilk, melodías fantasmales que parecen provenir de las profundidades de un abismo. Por momentos, la cámara recrea la perspectiva de un personaje en un videojuego para un visionado inmersivo.

Desde este punto de partida los lugares cambian radicalmente. Casas asépticas que parecen sacadas de catálogos de muebles, con una simetría tan milimétrica que el cambio más pequeño ya es incómodo. Estas secuencias son ideales para desafiar a la audiencia y discernir entre lo real y el producto de la atormentada psique del protagonista.

Una secuencia encapsula lo mejor y peor de la película al mismo tiempo. Se trata de un montaje animado de 12 minutos, dirigido por la dupla chilena de Cristóbal León y Joaquín Cociña ("La casa del Lobo") en el que Beau imagina su vida con una personalidad heroica. Visualmente es asombroso, lleno de colores y texturas (un guiño de Aster a "La Flauta Mágica" de Bergman) y que cambia por completo el tono de la cinta, pero que en términos de la estructura narrativa no encaja por completo y extiende a esa larga duración de tres horas. Es así que la película destaca más por estas secuencias de forma individual que por la cohesión de estructura narrativa.

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La influencia de la tragedia griega

Varios críticos han usado la frase "una odisea edípica" para describir la película, y destacar y homenajear a la influencia de las tragedias griegas. Los mitos fundacionales del canon occidental son utilizados para jugar con la intuición de la audiencia sobre el destino de la historia, pero también son empleados como excusa para no elaborar sobre la lógica del universo narrativo. Esto resulta frustrante porque Aster insiste en acomodar el estilo surrealista a unos giros de trama convencionales del cine Hollywoodense, estilos que no compaginan totalmente.

Aun así, este aspecto es fundamental para dar sustancia a los arcos de los personajes, lo que da buen material a todo el elenco. Phoenix interpreta a un héroe miedoso que se resiste al llamado del destino, un viaje hacia la memoria y las culpas del pasado. Es un Edipo moderno, fracasado, cuya inocencia da un alivio cómico que transita de lo tierno a lo frustrante, pero sin demeritar el compromiso total del actor, que evita por momentos el paso de lo extravagante a lo ridículo.

La historia también tiene su isla de Eea, en la que Circe se transforma en un misterioso cirujano interpretado por el siempre encantador Nathan Lane. En este espacio también está habitado por una furia en la piel de Toni (Kylie Rogers) una adolescente egoísta ignorada por sus padres, el soldado veterano Jeeves (Denis Ménochet) como un aterrador Polifemo, cegado por la rabia, y una misteriosa Amy Ryan como el oráculo en forma de una madre cariñosa, afligida por el duelo de su hijo.

Pero quien realmente aprovecha al máximo estos paralelos es Patti LuPone como Mona Wasserman, la madre de Beau, que renuncia al destino fatal de Yocasta, para optar por el rol de una tiránica Medea. Es un personaje que se demora en tomar el foco, pero vale la pena esperar gracias a la fuerza actoral de LuPone, quien se apropia del mito de la mala madre con tanta convicción que amerita el reconocimiento de la Academia.

"Beau tiene miedo" es el trabajo experimental de un director que aprovechó la oportunidad de que un estudio confiara ciegamente en su visión. El resultado es una obra que tiene grandes momentos y secuencias memorables, pero que falla en consolidar una historia tan memorable a la par. Es una experiencia que, si es de interés, se debe aprovechar la oportunidad para verla en la pantalla grande, porque fuera de esta es difícil apreciar su valor sostenido por las imágenes espectaculares. Con esto dicho, no debe sorprender si en unos años se vuelve de esos clásicos de culto que los cinéfilos aprecian por ser una amalgama de momentos ridículos. Casos se han visto y solo el tiempo tendrá la última palabra.

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