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Ataques terroristas hacia la comunidad LGBTI+, un problema crónico

El pasado 25 de junio, el mundo amaneció de luto por un ataque terrorista en Oslo en el que fallecieron 2 personas y 20 resultaron heridas. Los ataques hacia la comunidad LGBTIQ+ demuestran que se trata de un problema crónico, sobre el cual debemos tomar medidas.

Bandera LGBT en unas botas

Foto: Unsplash

LatinAmerican Post | July Vanesa López Romero

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La celebración de la Marcha del Orgullo en Oslo, Noruega, fue cancelada el pasado sábado debido a un ataque terrorista ocurrido en la madrugada, en el que murieron 2 personas y 21, resultaron heridas. Según las autoridades, el tiroteo habría sido perpetuado por un ciudadano con pasaporte noruego y de origen iraní. Asimismo, los informes aseguran que se trató de un ataque terrorista islamita.

Este año se están cumpliendo 53 años de la primera marcha del Orgullo. Que este hecho sucediera precisamente durante las celebraciones del mes que conmemora este evento alrededor del mundo, no solo genera escozor dentro de la comunidad, sino también preocupación por la seguridad integral de quienes pertenecen a esta. Asimismo, surgen preguntas sobre qué tanto se ha avanzado y retrocedido en los últimos años, sobre todo teniendo en cuenta que los derechos LGBT son utilizados por marcas, empresas y gobiernos para vender una imagen positiva y diversa que se queda corta a la hora de garantizar esos derechos en la práctica. Y es que, si bien hemos visto grandes avances respecto a este tema, las violencias son sistematizadas y la discriminación, constante.

Basta con revisar las cifras arrojadas por organizaciones LGBT, como las de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales (ILGA por sus siglas en inglés). Según la ONG, 1 de cada 5 personas son forzadas a cumplir con terapias de conversión y todavía son muchos los países que no tienen leyes claras y estrictas sobre la prohibición de esta práctica. Asimismo, de los 194 países que hay en el mundo, tan solo 11 tienen protección constitucional contra la discriminación por orientación sexual; en 30, hay hasta 8 años de prisión por actos sexuales consensuales entre adultos del mismo género; en 27, puede haber cadena perpétua y en 5, pena de muerte.

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Esto refleja que los gobiernos y los estados todavía están lejos de garantizar la seguridad, igualdad, dignidad y derechos de las personas LGBT, y que si esta es la respuesta por parte de los entes gubernamentales, que se supone deben velar por el bienestar de todos los ciudadanos sin ninguna excepción, la violencia ejercida por otros grupos o individuos ciudadanos es velada y justificada desde las mismas instituciones. 

Lo que sucedió en Oslo no es un hecho aislado. Recordemos que en junio de 2016, en Orlando, Florida, sucedió el segundo peor tiroteo perpetrado por una sola persona en la historia de Estado Unidos. Sucedió en el Bar Pulse, con temática LGBT. En el hecho fueron asesinadas 49 personas y otras 53 fueron heridas gravemente. El FBI catalogó el hecho como ataque terrorista. Con esto, vemos que hay un antecedente y que la comunidad LGBT está siendo fichada para este tipo de ataques. Son ataques directos hacia la comunidad, son ataques que ponen en riesgo a un grupo específico de personas.

En Turquía, precisamente durante la Marcha del Orgullo, la policía se tornó violenta hacia quienes estaban en el evento y hubo varias denuncias sobre violencia policial en un espacio destinado a dicha celebración. En Colombia, el fin de semana pasado, una mujer trans fue atacada y golpeada con cadenas y correas por tres hombres, el hecho fue capturado en un video que difundió la Red Comunitaria Trans, organización que lucha por los derechos de las personas transexuales. Estos son tan solo algunos de los casos que han ocurrido recientemente que atentan contra las personas LGBT.

En este mes, es necesario entender que la violencia hacia la comunidad no es cuestión de falta de tolerancia, pues la tolerancia no es suficiente, sino que se trata de un problema crónico que, a su vez, es invisibilizado por un discurso capitalista que ha hecho pensar que los derechos para las personas LGBT existen, se garantizan y se practican. Todavía queda mucho camino por recorrer en este sentido y quienes primero deben demostrar interés en cambiar las reglas del juego, son las instituciones, son los estados y los líderes.