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Necesitamos apropiación del entretenimiento y el arte

Yo tengo derecho a la vida, a la igualdad, a no ser esclava, a la libertad; pero también tengo derecho a la recreación y al aprovechamiento de mi tiempo libre, pero ¿cómo hacer esto con un salario mínimo, cuando soy el sustento de una familia?

Persona viendo una pintura en un museo.

Persona viendo una pintura en un museo. / Foto: Reuters / Lucas Jackson

LatinAmerican Post | Natalia Isaza Chavarría

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O ni siquiera, cuando no soy sustento de nadie pero los $828.116 (pesos colombianos) que gano se van en alimentación, transporte y estudios. El Estado debería ser el primer ente interesado en la creación de espacios sin fines lucrativos que incentiven la formación integral del ser, que constituye, entre muchas otras cosas, el arte.

Por el contrario, difícilmente el gobierno fomenta estos espacios y al encontrar en ellos una escasa fuente de ingresos, son el blanco constante de recortes y cierres; por eso, admiro a aquellas personas que, solamente buscando formación de públicos, son creadores y gestores de espacios con entrada libre que fomentan el ser.

Tomemos del arte una pequeña parte: el cine, esa reproducción rápida y sucesiva de fotogramas, que en medio de lo que se creería es simpleza, yo encuentro grandeza, una manera tan inefable de transportarme, que no solo traspasa épocas, sino espacios y emociones.

El cine es visto como uno de los mejores caminos para formar públicos, y con razón, con el cine no solo aprendemos a encuadrar, ni a identificar la ley de tercios; aprendemos sobre nuestro pasado, sobre otras culturas, sobre política, sociedad, antropología, economía, sobre otras formas de ver la vida, de sentirla, nos enseña a abrir la mente y muchas veces el corazón.

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Pero no es tan fácil llegarle a todo el público, este cambia, como cambia el idioma, como cambian los rasgos físicos, la cultura y las dinámicas. No todos los públicos interiorizan las mismas situaciones, ni las mismas realidades; por eso el llamado siempre será a promulgar el cine popular propio y con esto generar una estrecha relación entre el público y el relato.

A Colombia aún le faltan unos pasos para llegar al nivel de México, España, Argentina, Francia y muchos otros países que han entendido que el cine propio no se puede medir con los cánones internacionales, y que en medio de las diferencias se encuentra la rica esencia autóctona.

Los espacios con entrada libre tienen un valor que no todos alcanzan a dimensionar. Son estos los que sin miedo promueven, proyectan y visibilizan aquellas muestras de arte, de cine, que se salen un poco de lo cotidiano, de lo comercial, de aquellas piezas que siguen enriqueciendo a los ricos, gracias a estos gestores que siempre tienen presente que el arte cuesta, que es un trabajo que también se paga, pero que para ser valorada y apreciada por lo que vale, primero hay que desarrollar un sentimiento de apropiación por parte de todo aquel que lo consume.

Por eso diariamente me dejo formar, participo, comparto e invito a ver cine, intento conocerme, conocerlo y conocer todo lo que hay fuera de mí, porque entendí que el cine logra resignificar la cultura y generar transformaciones sociales desde las propias dinámicas del arte.

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