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Del amor al odio: Así es el placer culposo de las telenovelas

Las telenovelas vuelven a estar de moda -si es que algún día dejaron de estarlo-, pero ¿por qué siguen siendo un placer culposo?

Del amor al odio: Así es el placer culposo de las telenovelas

Las telenovelas nacen en América Latina. Algunos países han hecho sus propias versiones de las historias que veíamos hace años. Las que ocupan el horario estelar en nuestra televisión eran antes motivo de orgullo y desde hace unos años parecen ser más bien un placer culposo. Ahora que Netflix ha producido dos -Luis Miguel: la serie y La casa de las flores-, vuelven a estar de moda. 

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¿Qué hace de una producción televisiva una telenovela?

Para muchos la diferencia entre una telenovela y una serie era que la primera era transmitida por televisión diariamente y la otra se nos presentaba en entregas semanales y estaba dividida en temporadas.

Así, la telenovela daba la impresión de estar escrita toda desde el principio de su transmisión y la serie, en cambio, podía cambiar de tono y de argumento conforme cambiaba de una temporada a otra. Esto, sin embargo, se pone en duda con las soup operas norteamericanas, que tienen la trama y el tono de una telenovela pero se entregan por temporadas. Este mismo caso es el de La casa de las flores y de Luis Miguel: la serie, ambas mexicanas, que estrenaron su primera temporada este año y nos dejaron a la espera de la siguiente.

Otra creencia es que la telenovela es latinoamericana mientras que la serie es norteamericana. Sin embargo, esto tampoco es cierto pues ninguno de los dos géneros es exclusivo de una u otra zona geográfica.

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Esto tiene que ver también con que las telenovelas se han tratado como un género menor. Así, las telenovelas colombianas sobre el narcotráfico (véase El Capo, Escobar, el patrón del mal, Sin tetas no hay paraíso, etc), por ejemplo, se empezaron a llamar a sí mismas 'series' para con esto decirle al público que son contenido de calidad. Lo cierto es que la división de género tampoco puede hacerse con base a la calidad, pues hay series malas y telenovelas buenas.

La telenovela y América Latina

Aunque la división no puede hacerse por la zona geográfica (en la dicotomía telenovela: Latinoamérica, serie: Norteamérica), sí creo que la esencia de la telenovela tiene que ver, sin duda, con lo latinoamericano.

Algo que tienen en común las telenovelas es el melodrama. Suele haber en las telenovelas un patetismo, un lamento y una alegría exagerados. Cuando dos amantes se besan por primera vez en una telenovela, que suele ser después de muchísimos capítulos en los que han estado a punto de hacerlo y en los que el público ha maldecido cada beso fallido, nos hacen creer que son las dos primeras personas que se han dado un beso en el mundo.

Hay, entonces, unos temas y unas formas de tratarlos muy típicos de la telenovela: la muerte de quien guarda un secreto, la confesión por culpa en el lecho de muerte, el secreto familiar, los amantes cruzados, el engaño, la herencia del padre, etc.

Todas estas escenas que probablemente todo latinoamericano ha visto en telenovelas son típicas también de nuestras novelas de fundación nacional del siglo XIX. El melodrama es la base sobre la que se fundaron nuestras naciones y marcó de manera tangencial nuestra identidad.

María, de Jorge Isaacs, a quien tuvimos por mucho tiempo en el billete de 50.000 pesos colombianos, muere trágicamente esperando a su amado Efraín. En esta novela, que es un clásico de la literatura colombiana, se leen escenas en las que un personaje muere en brazos de otro después de dar un discurso sobre esa muerte que están presenciando quienes están a su alrededor. La telenovela, entonces, está referenciando siempre a la novela sentimental que tanto celebramos.

¿Por qué un placer culposo?

¿Por qué, entonces, si el melodrama, en parte, nos define, nos avergonzamos de las telenovelas? ¿Por qué sentimos culpa y placer? Como ya dije, considero que el melodrama hace parte de nuestra identidad, de cómo nos expresamos y de cómo nos relacionamos los latinoamericanos, pues fue pieza clave en la literatura del tiempo en el que fundamos nuestras naciones.

Creo que precisamente por eso sentimos placer al ver las telenovelas, a la vez que culpa. Es como mirarnos a nosotros mismos desde otro ángulo. Nos incomoda vernos al espejo desde un ángulo desde el que nunca nos vemos. Nos vemos raros. Pero tampoco podemos parar de vernos. Nos da curiosidad al mismo tiempo que vergüenza cuando nos vemos a nosotros mismos sintiéndonos identificados con alguno de los amantes, cuyos sufrimientos y pasiones son exagerados, o con algunos de los villanos, cuya maldad es absurda. 

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Otro de los tópicos típicos de la telenovela es el ascenso social: dos amantes cuyo amor es imposible porque son de clases sociales distintas. Este era el caso de Betty la fea, enamorada de su jefe Armando; o de Pasión de Gavilanes, en la que tres hermanos albañiles se enamoran de tres hijas de un poderoso hacendado; o de Café con aroma de mujer, en la que Gaviota, recolectora de café, se enamora de Sebastián, un heredero.

Al final, todos estos amantes superan los obstáculos contra los que han luchado capítulo a capítulo y hay un encuentro de clases que el público celebra. Pero también nos pone incómodos porque la telenovela ha puesto en evidencia el arribismo y el clasismo tan típico de nuestra sociedad. La telenovela, entonces, es melodrama y es autocrítica y por eso la amamos y la odiamos. 

Unas sí y otras no

De un tiempo para acá venimos aceptando solo algunas telenovelas y burlándonos de otras. Pareciera que celebramos solo las que tienen la aprobación extranjera, como Betty la fea, que está doblada a 25 idiomas, o como las que ahora lanza Netflix. Lo cierto es que todas, desde Mi gorda bella (Venezuela) hasta La esclava Isaura (Brasil) pasando por Los ricos también lloran (México) muestran algo de nosotros mismos y entonces nos incomoda vernos ridiculizados en la pantalla.

La casa de las flores fue leída como una burla a la telenovela y tal vez por eso fue tan alabada. Yo me reía de Julián, el hijo de los De La Mora, millenial latinoamericano freelance enterpreneur, y me reía de mí misma. No hay parodia sin homenaje.

Cervantes quiso parodiar la novelas de caballería y para eso escribió El Quijote, que resultó ser la más grande novela de caballería. Para hacer una buena parodia de la telenovela hay que observarla y saberla imitar. Al final, hay que celebrarla.

 

LatinAmerican Post | Juliana Rodríguez
 

 

* La opinión del redactor no representa la del medio

 

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