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Puerto Rico: Cuando ser estadunidense no te salva de las consecuencias de un huracán

Hasta los suicidios han aumentado en el territorio y la próxima temporada de huracanes no está lejos

Puerto Rico: Cuando ser estadunidense no te salva de las consecuencias de un huracán

Los registros oficiales dicen que hubo 64 muertos, pero otras investigaciones indican que son más de 1,000. Poco le ha servido a Puerto Rico ser parte de Estados Unidos después del Huracán María. Aunque la gente en la capital sobrevive, fuera de San Juan la situación es bastante difícil luego de siete meses después del desastre. Las personas en varias regiones no tienen acceso a electricidad, agua potable o servicios médicos. Muchos ya se habían ido antes del huracán, pero ahora se ha acelerado la migración e incluso los bancos están abandonando la isla.

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Mientras la mayoría de sitios turísticos tienen agua, electricidad y comunicaciones, miles de puertorriqueños viven en zonas que siguen devastadas después de la tormenta y no tienen acceso a los servicios básicos. De hecho, hay ciudades enteras que no tienen electricidad desde el 6 de septiembre, cuando el Huracán Irma pasó por el norte de la isla. Dos semanas después llegó María, la peor tormenta de Puerto Rico en los últimos 80 años.

Sin energía eléctrica se complican muchas cosas. Para los hospitales en áreas remotas, por ejemplo, es difícil reportar sobre el estado de salud de las personas. Según una periodista del Washington Post, que viajó a la isla hace poco, los médicos dicen que la crisis de salud es mucho más grave de lo que sugieren los reportes oficiales. Una de las doctoras consultadas incluso dijo que hay un número creciente de suicidios desde María.

Por ello, estimar el número total de muertos es tan difícil como establecer cuántas personas han salido de la isla desde el huracán. Según el Instituto de Estadística de Puerto Rico, entre septiembre y noviembre se fueron 184.000 personas; es decir, la isla perdió el 6% de su población en tres meses. No obstante, la gente ya estaba abandonando el estado desde hace años. Antes de la temporada de huracanes del 2017, miles de puertorriqueños ya habían salido a buscar mejores oportunidades en Estados Unidos a causa de la recesión económica que vive la isla.

La verdad es que hasta los bancos se han ido alejando de Puerto Rico. De acuerdo con Bloomberg, el número de bancos de consumo se redujo a la mitad en la última década, y los principales actores internacionales, el Bank of Nova Scotia y el Banco Santander, se han ido reduciendo silenciosamente, dejando el campo a las instituciones locales.

Visto desde esa perspectiva, el huracán ni siquiera es lo peor que le haya podido pasar a los puertorriqueños, la situación ya iba en picada desde antes. De hecho, miles de millones de dólares han entrado a la economía de la isla en ayudas para el desastre. Podría decirse que la recesión era peor antes de la tormenta y todo el dinero que ha entrado para aliviar los daños también ha aliviado un poco las finanzas del estado. Sin embargo, a menos que el gobierno implemente reformas fiscales significativas, cuando cesen las ayudas y actividades relacionadas con el desastre, la economía quedará igual que antes, si no peor.

Puerto Rico no es un país en el sentido estricto, pero casi que estaría mejor si lo fuera pues probablemente recibiría más apoyo internacional al no ser parte de Estados Unidos. La respuesta de los organismos de emergencias americanos ha sido muy limitada en comparación con otros desastres al interior del territorio nacional. Se estima que pueden pasar años antes de que se reestablezcan los servicios básicos para el total de la población. Sin electricidad, con problemas de infraestructura y una crisis de salud, la gente sigue muriendo como consecuencia de María cuando quedan solo dos meses para la próxima temporada de huracanes. La administración necesita aprovechar muy bien los recursos que están entrando por el desastre o la deuda y baja productividad van a acabar con lo que queda de la isla.

 

Latin American Post | Paula Bautista
Copy edited by Marcela Peñaloza