Sónar Bogotá: una audiencia musicalmente inmadura

El desorden no se debe a la falta de locaciones apropiadas o a otros factores más allá de la falta de madurez

Sónar Bogotá: una audiencia musicalmente inmadura

Después de su paso por Bogotá, el Sónar Festival deja muchas las incógnitas que, como espectadores musicales, debemos procurar responder para salir del conformismo con locaciones mediocres que limitan la experiencia artística. Si bien es un tema que en Colombia se ha tratado desde hace años, son varios los esfuerzos, pero pocos los resultados que se han podido visualizar, luego de que todos estemos de acuerdo en la decepción que nos dejan la mayoría de espectáculos a los que se encuentra dispuesta la ciudad.

Pero, ¿por qué? ¿Qué le hace falta a la capital colombiana? Más allá de locaciones apropiadas, que hoy en día se limitan a su estadio de fútbol y a los “parques” conurbanos, es la falta de madurez musical de su público. No escribo para hallar culpables, pero en gran parte debemos esto a la “Ola electrónica” que se tomó hace algunos años al país; la cual atrapó las mentes de los millennials, dejándolos satisfechos es un espacio de “Rave party” y cerrados ante un panorama de innovación musical y artística, que en ciudades como Buenos Aires o Río de Janeiro se vive a otro nivel de compresión.

Con esto no digo que los espacios en los que se vive la música electrónica no merezcan el adjetivo de innovadores, por el contrario, hacen parte de ese paso más allá en la historia artística de la humanidad, pero que por ello, merecen otro tipo de vivencia. No por menos, una de las mejores experiencias sonoras en latinoamérica se la acredito al montaje que hace el festival británico Creamfields en Buenos Aires, en donde la música se puede sentir en tres estados pensados en escenarios que manifiestan precisamente cada elemento que los múltiples artistas ofrecen.

Ahora bien, si el Sónar Festival en su ciudad natal Barcelona se califica como uno de los espacios de experimentación musical más afamados de Europa, ¿por qué en la mesticidad bogotana carece de todo aquello que promete? Más allá de un público inmaduro y en ocasiones desmerecedor, es la falta de tacto de los organizadores criollos, quienes han caído en la ola “Rave Millenial” ofreciendo expresamente lo que su público infantil pide a gritos: desconexión. 

¿No debería ser al contrario? Encontrar una conexión entre la música y los sentidos, que le permitan al espectador descubrir una experiencia de creatividad musical, que apoyada en la tecnología es creadora de una atmósfera artística merecedora de ser expuesta.

Sigur Ros lo logró, fue el reflejo de lo que Sonár Festival algún día debe llegar a ser, un espacio sideral en donde la conexión sonora se proyecte más allá de nuestros sentidos. Un espectáculo atmosférico que hace pensar que la innovación musical, como una vivencia más allá de la típica “Rave Party” es posible y que solo por espectáculos como éste vale la pena seguir exigiendo locaciones apropiadas para la manifestación musical.

Mientras esperamos que eso suceda, el apoyo a esta clase de iniciativas es clave, pero también lo es seguir pronunciandose. Porque lo merecemos y porque más que una motivación cualquiera es nuestro deber como seres artísticos y culturales.

 

Latin American Post | María José Cogollo

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