Los 100 años de Amor del Joven del Leprosorio

Gracias al esfuerzo ininterrumpido y a la abnegación de este honorable médico, Venezuela fue la primera de las naciones del mundo en mostrar que la dignidad del ser humano que sufre de lepra

 Los 100 años de Amor del Joven del Leprosorio

Alcanzó un alto nivel de reconocimiento internacional, con más de 300 artículos científicos publicados. Su última publicación la realizó a la edad de 100 años, en el 2013. Fue objeto de 47 grados y premios venezolanos entre otros el Premio José Gregorio Hernández en 1955 y en 1980, la Medalla Federación Médica Venezolana en 1987, además fue elegido Individuo de Número de la Academia Venezolana de Medicina (Sillón No. XXXI) en 1980 y también Miembro Honorario de la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina.

Recibió 33 premios internacionales, incluyendo el Gaspar Vianna Medalla Cultural, otorgado por el Ministerio de Salud de Brasil, en 1961, el Premio Príncipe de Asturias en la categoría de Investigación Científica y Técnica en 1987, nominado para el Premio Nóbel de Medicina por su vacuna experimental contra la lepra en 1988, la medalla "Salud para todos en el año 2000 " por la Organización Panamericana de la Salud y la Legión de Honor francesa en 2011.

Su nombre: Jacinto Convit, quien a lo largo del ininterrumpido y prolífico camino a través de la investigación, la cual era su principal pasión, salvó a su país y a la humanidad de la lepra, enfermedad históricamente incurable, mutilante, infecciosa y vergonzosa.

Como parte de la cuota de agradecimiento a su querida Venezuela, escribió una carta, el 29 de julio de 2007 de la cual se extraen unos párrafos:

“Venezuela, te envío un mensaje de aliento para los pueblos que albergas: Hay mucha gente con un lenguaje depresivo, de que estamos mal. Y creo que, al contrario, tenemos que formar a los jóvenes con la capacidad de superar las situaciones sin importar las dificultades que se encuentren. Debe haber un cambio de actitud: los venezolanos hemos sido por mucho tiempo espectadores y estoy seguro de que esa mentalidad está cambiando, hay un deseo de crecer y cultivar en tu seno mejores condiciones. No podemos seguir teniendo gobiernos que actúan como padres que lo dan todo; eso tiene que ser conscientemente descartado. Los seres humanos aman más el esfuerzo y la producción hecha por ellos mismos. No hay nada más destructivo que vivir del esfuerzo de otros. Venezuela, tienes un grupo muy distinguido de investigadores científicos, no hay la menor duda de eso. Gente que ha producido cosas importantes. Pero la sociedad civil no ha entendido que el desarrollo de la ciencia condiciona la evolución de los países. Un país que no tenga una ciencia evolucionada será siempre un país de tercera o cuarta categoría. Todas las grandes naciones le dedicaron a la ciencia un esfuerzo gigantesco. Y aún hoy lo hacen. Es deplorable que la ciencia actual, en parte, la han dirigido para destruirnos a nosotros mismos; es decir, parte de esa investigación se realiza para la guerra.Es ya el tiempo de que todos los que te amamos, así como a nuestro pueblo, hagamos un esfuerzo conjunto para eliminar la pobreza y la falta de una educación esmerada basada en la libertad y autonomía, como seres humanos que deben ser formados para gozar de una solidaridad profunda y de un amor hacia ti y tu naturaleza y por nuestro Dios, a fin de que sea erradicada la violencia reemplazada por un amor sin fronteras, antídoto del odio, de la envidia y de la mezquindad.Te agradezco el haber sido formado en tu seno y el haber entendido en mi tránsito en la vida asentado en ti, que es el trabajo compartido en equipo, consciente y sostenido, el más fructífero. Ayúdanos a entender para tu mayor esplendor que eso es así.”

La travesía de salvación de Convit comenzó en Cabo Blanco, el año 1938, en una localidad del actual estado Vargas, ubicado en la costa central venezolana. Para ese entonces, era un joven de 25 años, recién graduado de médico en la Universidad Central de Venezuela y le correspondió visitar una leprosería que selló su futuro para siempre.

La soledad, el dolor y el desastre que sintió al ver los rostros de los 1,200 pacientes recluidos como los peores delincuentes, le colocó un reto en su carrera. Le abrumaba el estado de los enfermos, refiriendo anecdóticamente a muchas personas: “No sé qué era peor, si la enfermedad o las caras de aquellos seres condenados. A la gente la cazaban en la calle por contagiarse de lepra, fueron días muy difíciles. Personas que eran aisladas de todo en grandes casonas, alejados de sus familias”.

De acuerdo a referencias de personas cercanas, el Dr. Convit revivía con detalle estas prisiones, donde estaban prohibidos hasta los espejos. Fueron siete largos años los que tuvo que convivir con pacientes que sufrían de una segregación legalizada en la época y de una atención pobre, sin condiciones sanitarias, producto del desconocimiento sobre la enfermedad.

La vacuna contra la lepra es uno de sus aportes más conocidos, no obstante, fue el promotor del Instituto de Biomedicina, el cual como un homenaje póstumo lleva su nombre, en él logró desarrollar, entre otras cosas una vacuna contra la leishmaniasis y una autovacuna contra el cáncer. El desarrollo de la vacuna contra la leishmaniasis, fue un largo proceso, parecido al de la lepra. La aplicación del tratamiento logró un 95% de curaciones sin efectos secundarios. Esta  vacuna se convirtió en un instrumento social, que según las  palabras del Dr. Convit,  tiene que servir en la batalla para rescatar a los “pueblos olvidados”, esos que cuentan con las atmósferas ideales para que no se eliminen por completo las enfermedades, como el famoso caso de  una comunidad ubicada en el estado Aragua, fundada en 1843 por un grupo de inmigrantes alemanes provenientes del entonces independiente estado de Baden , los cuales se contagiaron al llegar a Venezuela, en un área donde no existía sistema de salud.

Es coloquialmente llamada «la Alemania del Caribe» o «El pueblo alemán de Venezuela» por mantener la impronta cultural de su origen, siendo en un momento la comunidad con la mayor cantidad de lepra en el mundo, logrando superarlo con educación, higiene y servicios. Ese es el concepto para superar las enfermedades, que Convit  siempre defendió.

Este noble ser humano, ejemplo para Venezuela, Latinoamérica y el mundo, falleció el 12 de mayo de 2014, faltándole pocos meses para arribar a sus 101 años, pero con la mirada puesta en otorgar soporte y sanación a los más necesitados con la menor intervención de los costosos tratamientos de quimioterapia, generalmente inaccesibles para la gran mayoría de los habitantes de los países en desarrollo.

 

Latin American Post | Mariangel Massiah

Copy edited by Susana Cicchetto

 

 

 

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