Leer porque sí

No he podido olvidar aquella vez cuando una amiga aterrada me contó que un día su mamá la vio leyendo un libro cómodamente en el sofá de su casa y le preguntó sorprendida: “¿Y eso? ¿Por qué estás leyendo?, ¿no se supone pues que ya estás en vacaciones?”.

Obviamente la madre de mi amiga no es la única que tiene esa visión utilitarista de los libros, no es la única que cree que un libro solo sirve para hacer una tarea, sacar algunos apuntes para escribir un texto e, incluso, hasta para graduarse; obviamente, un libro es más que eso, dentro de un libro ocurren cosas más interesantes que la consecución de propósitos académicos. Es mejor leer porque sí, para nada en especial y porque no se espera absolutamente nada del libro que se acaba de seleccionar de algún anaquel por simple intuición o porque nos cayó en el dedo meñique del pie mientras pretendíamos coger otro.

Cuando llegan las vacaciones, lo primero que despiden algunos son los libros, quedan marginados en el fondo del morral donde caben todas las cosas que no se necesitan durante las vacaciones, y eso está bien, especialmente si son esos textos escolares, que parecen cartillas para bobitos, con preguntas que entre más las lee uno más inútiles parecen. Por algo casi nadie guarda esos textos que cuestan muchísimo y que a través de ridículas actualizaciones periódicas dejan en evidencia el gran negocio que tienen con los colegios. Para mí un libro es libertad, cosa que no me inspiran la mayoría de textos escolares firmados, casi siempre, por profesores destacadísimos, doctores casi todos, que parecieran especializarse en cómo alejar a los jóvenes de los libros o cómo llevar por buen camino el rebaño a las mismas conclusiones. Yo no voy con esas políticas, a mí nunca me ha gustado creer que en literatura todos llegamos a la misma isla del tesoro.

“En literatura las conclusiones no existen; en literatura nada se concluye, todo es ambiguo, todo fluye”, dice Roberto Cotroneo en ese curioso libro que escribió para su hijo “Si una mañana de verano un niño”, una carta sobre el amor por los libros de quien fue por muchos años el encargado de las páginas culturales de L’ Espresso. Y es verdad, me suscribo completamente a tal apreciación, en el mundo de los libros hasta una mala interpretación puede dar para escribir así sea un cuento.

Hay que quitarle el miedo y el formalismo a los libros, huirle a los listados que todo el mundo debería haber leído a los 20, a los 30, a los 40, qué se yo. “No hay que tener miedo a la literatura, Francesco”, le dice Cotroneo a su hijo, “ni siquiera a la más difícil. No tienes que preguntar: ‘¿Pero, usted ha leído a Joyce? ¿Todo, hasta la última página?’ Bromea sobre Joyce, él lo habría apreciado”. Lo ideal sería luchar por deshacer los lugares comunes de la vida, que son los que la gente siempre trata de meternos en la cabeza, después de todo, “también los libros serios, también los libros para mayores y también los que son difíciles solo son veleros enmascarados, y tienen el mismo encanto que el velero de polvo de oro de Peter Pan”.

La verdad es que yo no aspiro a que en nuestro país todos se vuelvan lectores, eso es imposible, como escribió Luis Bernardo Yepes en un texto maravilloso que tituló “No soy un gánster, soy un promotor de lectura”, además, sería horrible un mundo uniformado, “lo ideal es que cada cual pueda ser lo que desee, inclusive lector”, inclusive un personaje que va por la vida sin saber muy bien lo que quiere.

Diego Aristizábal

El Espectador

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